Hola, ¿Qué tal? ¿Cómo va su noche?
Hoy vengo a contarte una de esas noticias que empiezan como energía renovable y terminan sonando peligrosamente a arma espacial que nos destruirán a todos sin querer.
—Ah, mira qué buena idea…
—Espera, ¿qué?
Agárrate, porque esto va de paneles solares en el espacio y rayos láser. Nada puede malir sal. —Jeje, es lo primero que sale mal.
Cuando pensábamos que las energías renovables ya habían tocado techo con parques eólicos en medio del mar, alguien —probablemente en una sala de reuniones muy cara— miró al cielo y dijo:
—¿Y si ponemos los paneles solares ahí arriba?
—¿En las nubes?
—No, tonto. ¡En el espacio!
China lleva tiempo con ese plan: granjas solares orbitando la Tierra, captando energía solar sin atmósfera, sin nubes, sin polvo y sin que nadie tenga que subirse a limpiarlas con una escoba. Brillante, la verdad. En el espacio la luz llega directa, constante y sin interrupciones, así que los paneles son mucho más eficientes que aquí abajo, donde el clima siempre arruina los planes.
La idea no es nueva. Ya en los años sesenta, Peter Glaser propuso recolectar energía solar en el espacio y mandarla a la Tierra usando microondas. El problema fue que, en esa época, la tecnología decía: no. Hoy, con cohetes reutilizables, materiales ligeros y láseres con precisión milimétrica, la respuesta es más bien: ok… quizá.
Y aquí viene el pequeño detalle incómodo.
Para mandar esa energía a la Tierra, estas granjas espaciales usarían rayos láser. Rayos. Láser. En órbita baja. Donde ya hay… demasiadas cosas flotando.
Satélites de comunicación, de GPS, científicos, militares, Starlink por aquí, Starlink por allá, chatarra espacial que nadie recoge y ahora… láseres cruzando el cielo como si fuera una discoteca cósmica.
El problema no es que el láser vaya a destruir satélites como en una película de Michael Bay. No. Es peor: podría sobrecalentarlos, dañar sus paneles solares, provocar descargas eléctricas y obligarlos a apagarse o a necesitar reparaciones carísimas. Todo por un pequeño error de cálculo. Un ups orbital.
Un estudio del Instituto de Ingeniería Ambiental por Satélite de Pekín advierte justo de esto: si el láser no da exactamente en el receptor correcto, puede terminar “atacando” a otro satélite… sin querer. Especialmente si se usan longitudes de onda más cortas, que transportan más energía. Lo probaron en laboratorio disparando pulsos ultracortos a paneles solares, porque claro, alguien tiene que hacer esos experimentos.
Aun así, el plan sigue adelante.
China no va de farol.
Ya tienen enormes plantas solares en sus desiertos y quieren llevar ese modelo al espacio. Su objetivo es tener una central solar orbital operativa en la próxima década, adelantándose a Japón, Estados Unidos y a una Europa que todavía está “evaluando el potencial” (traducción: reuniones, cafés y más reuniones).
Llevan años probando prototipos en tierra y planean lanzar una unidad a la órbita baja hacia finales de esta década. Todo encaja con su carrera espacial: estación propia, misiones lunares, relojes sincronizados entre la Tierra y la Luna… y ahora, energía solar espacial. El que llega primero, se queda con el mejor sitio.
Y como si no hubiera suficiente tráfico ahí arriba, resulta que las grandes tecnológicas también quieren su pedazo del espacio. Google no tiene cohetes, pero le encantaría poner centros de datos en órbita. SpaceX y Blue Origin, mientras tanto, ya se están frotando las manos.
La idea es parecida: captar energía solar, procesar datos (hola, IA) directamente en el espacio y enviar la información a la Tierra por microondas. Más eficiencia, menos calor, menos límites físicos… y más cosas flotando alrededor del planeta.
Así que sí: el futuro de la energía puede estar en el espacio. Limpio, constante y eficiente.
Pero también lleno de láseres, satélites y decisiones que más vale que salgan bien.
Cuídate mucho.
Mira al cielo de vez en cuando —todavía es gratis—.
Y no dejes de ser un Geek de Noche.





