Sí, es raro, lo sé. Pero hiciste clic en esto, ¿no? Tampoco finjas que sigues leyendo por casualidad —el tema te interesa—.
Somos raros, amigo o amiga. Raros como especie y aún más raros individualmente. Yo, sentado aquí, en la soledad de la noche, frente a esta máquina; y tú, frente a esta otra, leyendo esta forma de comunicación escrita.
Cuando nacemos, no nos preguntamos si estamos solos en el universo, o siquiera si hay algo más allá de nuestra madre. Tal vez el primer ser alienígena que conocemos es nuestro padre o nuestros hermanos —parecidos a nuestra madre, mismas extremidades y unos grandes ojos que nos miran—. No conocemos sus intenciones y no podemos huir de ellos.
Y, si lo pensamos bien, también vivimos nuestra primera abducción alienígena. De repente despertamos y estos seres extraños nos colocan un artefacto alrededor de nuestras piernas y cintura. Sí, era un pañal… pero resulta extraño cuando lo piensas así.
Dios, pero entonces… ¿cuándo fue la primera vez que nos preguntamos por vida en otro planeta? Pensemos en eso. ¿Cuándo? Vamos, ¿se te ocurre algún momento? Cuando somos niños, con las caricaturas, creo que puede ser ese el primer punto de contacto. Tal vez con la película E.T. de Steven Spielberg. Y creo que, dejándole de dar vueltas al asunto, es muy posible que la primera vez que te preguntaste si estamos solos en el universo fue cuando pensaste en tu propia soledad.
—Estoy solo —pensaste.
—¿De qué hablas? Está tu familia, tus amigos. No estás solo.
—No, no me entiendes. No hay nadie en este mundo con quien pueda ser yo mismo —respiras profundo—.
Tal vez fue algo así, tal vez no, pero comenzamos a tener presente esa realidad.
Durante toda mi vida, creo, me ha fascinado la ciencia ficción, la mitología y todo aquello que pone a volar la imaginación. Ahora tengo 29 años —por unos meses más, al menos— y es hasta hace un par de años que comencé a pensar que tal vez sí estamos solos en el universo. No tengo una teoría súper elaborada, pero sí algunas ideas, y te las quiero compartir ahora.
Estamos solos, de momento…
Sí, sé que no te estoy ofreciendo las mejores teorías de conspiración. Lo sé, seguro tú también esperabas algo así, pero ahí está lo interesante. Tal vez estamos viviendo un momento vacío. La vida tarda miles de millones de años en evolucionar —para muestra, nuestro propio caso—. Tal vez la especie más cercana a nosotros, con la que podríamos haber sido grandes amigos, apenas esté por ahí, bajo kilómetros de hielo, como vida microscópica. Y cuando ellos lleguen a poder explorar el espacio, ya habrán pasado millones de años desde que nosotros nos hayamos ido.
Así, nada más.
No tuvimos la suerte de encontrarnos —y ser compañeros en Fortnite—. Ajá.
Y qué decir de todo esto. Me hace querer mirar al cielo y gritar que aquí estoy, o que aquí estuve. Me hace querer buscar la forma de ser escuchado a tanta distancia, a tantos años luz.
El universo ya estuvo lleno de vida. Ahora no.
Sí, es raro. Si constantemente pasamos de una era postapocalíptica a otra, ¿por qué no estaríamos viviendo en el vacío que dejó una gran guerra? ¿O habitando el desierto de lo que antes fue un bosque lleno de vida en el universo?
Recuerda esos documentales de dinosaurios: después de que cae el meteorito, pequeños mamíferos salen de sus madrigueras y, sin depredadores, se expanden por todo el mundo. Tal vez somos eso ahora mismo. Unos pequeños ratoncitos con el camino libre.
Y ahora mismo, mientras te escribo esto, pienso: ¿y si hubiéramos evolucionado junto a una civilización hermana en la misma galaxia? Tal vez Dios no sería tan “Dios” al tener competencia al otro lado del patio. Tal vez habríamos crecido como una civilización más amable, sabiendo que no somos el hijo único.
—¡Pero se supone que aquí estamos hablando de la soledad en el universo! Así que sí… eso nunca pasó. —Sigamos.
Somos un extraño suceso
En diciembre de 2025 —hace menos de un mes a la fecha— leí el libro Project Hail Mary de Andy Weir —te lo recomiendo totalmente, corre a leerlo. Ve, adelante, aquí estaré—. Y, sin darte spoilers, este astronauta enviado a otro sistema solar se encuentra con un alienígena que está ahí por el mismo motivo que él —ya te dio curiosidad, ¿verdad? Gran libro—.
Sin enredarte más: los personajes tienen un diálogo en el que se preguntan cómo es que ambos —dos especies totalmente diferentes— terminaron compartiendo tantas similitudes: extremidades, velocidad de pensamiento, rangos de percepción… y cómo todo eso tal vez solo pueda explicarse si provienen de algún ancestro unicelular común. Ambos siendo una anomalía en ese vasto universo.
Somos el azar mismo en persona.
El universo mirándose a sí mismo.
Algo que no tenía que suceder, sucediendo.
No tengo las palabras para explicarlo mejor, pero espero que me estés siguiendo.
Estar a la distancia correcta de una estrella lo suficientemente joven y con la luz adecuada. Un planeta con mil posibilidades creando algo muy lentamente. Vida que simplemente buscaba ser algo más, sin saber por qué deseaba eso.
Y ahora estamos aquí.
Hay que aprovechar este tiempo.
Vivamos.





